martes, 29 de junio de 2010

Volver a los Clásicos...


[Lo siento, pero de alguna forma me identifiqué]

En el último tiempo he dejado a medio leer algunas novelas actuales de autores reconocidos, como Javier Marías o Ian McEwan, como Don Delillo o Roberto Piglia. No hablo de todas sus obras, sino de aquellas que he probado, que tampoco son muchas. Si ellas cobraban fuerza treinta páginas después, yo no tuve paciencia para averiguarlo. Me vuelvo cada vez más hedonista como lector. Siempre en busca del placer de leer, he vuelto por contraste -y por seguridad- a la relectura de los clásicos. Y en eso estoy con gran deleite, al menos durante una temporada.
Por el momento me cuesta soportar algunas deficiencias contemporáneas de esta índole: en los comienzos, lentitud inicial, inercia, acopio de antecedentes previos, confusa acumulación de personajes; en muchos pasajes, carencia de esa propiedad narrativa elemental que es el interés por saber lo que ocurrirá en la página siguiente; incrustaciones de ensayo pedante y culterano; mala hibridación de géneros literarios (que también las hay muy buenas); medianía correcta -pero siempre medianía- de la prosa, de la intriga, de los diálogos; falta de espesor humano de los caracteres; y, como flotando sobre las páginas, ese airecillo insubstancial que afecta a gran parte de lo posmoderno. Uno que otro lastre de ese tipo me basta para cerrar el libro. A estas alturas no estoy para cumplir deberes escolares.
Puesto a volver atrás, una posibilidad era la novela de la primera mitad del siglo XX; otra, la novela del siglo XIX, sobre todo la anglosajona y la francesa. Pero, por motivos que no vienen al caso, salté más atrás, mucho más atrás. Tomé el Quijote por enésima vez. Y ¡qué maravilla! Estoy una vez más enfrascado en el genio del idioma, en su prosa, en sus diálogos, en su humanidad... En suma, me divierto. Me doy cuenta de que casi olvidaba ya los prodigios que se pueden hacer con el lenguaje. De la nostalgia de lo que llegó a ser nuestro idioma castellano en el siglo XVI, no sabría decir si da más gozo o más pena, porque aun sin caracteres ni acción, por el solo encantamiento y la gracia del lenguaje mismo, esta obra maestra se leería con enorme gusto. Y proyecto seguir luego con Shakespeare y con el Dante.

Debo advertir que, entre las personas interrogadas acerca de los libros que se llevarían a una isla desierta, siempre he recelado de los que responden con los títulos de clásicos como éstos: pienso que suelen hacerlo por convencionalismo, o por pedantería crasa (o mintiendo por descaro, pues nunca los leyeron en sus cómodas casas). Yo sí me los llevaría hoy; de hecho me los llevo a esa isla dichosa que son los ratos disponibles para la lectura.
Es que te estás volviendo viejo, me sugiere un amigo. Por supuesto que sí, le respondo, y me permito agregarle sin mucha convicción: pero quizá me vuelvo también un poco más sabio. Y añado con plena desfachatez: quizá la que se está volviendo vieja es la literatura reciente. Cuando empecé a hacer crítica en este diario -hacia 1966-, podía regodearme cada semana con novelas de calidad. Ahora creo que no podría. Me pregunto quiénes irrumpen hoy en el escenario de la novela como entonces -y por muchos años- lo hicieron William Golding, Heinrich Böll, García Márquez, Isaac Bashevis Singer, Carson McCullers, Czeslaw Milosz, Julio Cortázar, Isak Dinesen, Leonardo Sciascia, Amos Oz, Marguerite Youcenar, Deszo Kostolanyi, Flannery O' Connor, Michel Tournier, Milan Kundera, Paul Auster...

Mi amigo, más joven que yo y en desacuerdo conmigo, me argumenta entonces: es que esperas demasiado de la literatura. ¡Eso sí que no! Palabra de lector: yo lo único que quiero es gozar leyendo; lo único que busco es el placer elemental de la lectura. Es el festín que me apresto a darme con Cervantes primero, y luego con Shakespeare y con el Dante. Y si llego a la Ilíada y a la Odisea, ¿qué?


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