miércoles, 3 de febrero de 2010

La Literariedad de la Politica Chilena (29 mayo de 2009)


La Literariedad de la política chilena

Erase una vez la política chilena y tres políticos con tres grandes mayorías…

En esta esquina: con la mayoría en las encuestas, serias aspiraciones al sillón presidencial y miles de miles de millones a su haber, encontramos al siempre carismático Mr Burns Piñera, ingeniero comercial de la PUC, con cuatro hijos y un hermano inconfundiblemente bohemio, algo así como el Hugh Hefner[1] chileno.
En la esquina opuesta bajo la chapa de ex presidente de chile, de espíritu peregrino; muy peregrino, con una billetera tan abultada como la de Piraña Piñera, Demócrata Cristiano y precursor de la “discusión del aborto terapéutico en chile”, el inconfundible y ahora remasterizado candidato: Eduardo Frei Ruiz Tagle, casado con la siempre dije Martita Larraechea de la cual como único dato destacable podemos mencionar su amistad con la tía Mary Rose McGill[2]
Y en esta la última esquina, recién ingresado al cuadrilátero, con ideas fresquitas y una verborrea solamente comparable con la de Nelson “Cogollo” Ávila, encontramos al candidato más joven de la historia de chile, el siempre Díscolo Marco Enríquez-Ominami. ¡Sí! El mismo… Hijo del mítico Miguel Enriquez, fundador del MIR y casado con la escultural Karen Doggenweiler.
Mención especial para Leo Farkas y su campaña simbólica, para Zaldívar, Giles, Arrate, Navarro y demás quiltros; sin olvidar por supuesto a los muertos en batalla: Hirsch, Tellier, además del esperanzado y siempre escueto Juan Antonio Gómez (QEPD), del cual la memoria popular nos recuerda su antiguo papel de ministro de justicia y su última polémica con el refinado Camilo Escalona (la cual resumiremos en una frase: “...Estay quebrando a la concertación CTM”).

Este, amigos míos, es el cuento de turno: las candidaturas presidenciales hacia el bicentenario, en un ambiente oscuro, complicado y tragicómico: Los tiempos cambian y el circo sigue. Una novela contemporánea, muy política, muy sucia, despersonalizada ya que a cada momento cambia el narrador y el rol de los personajes, impredecible en cuanto a los medios de los actuantes. Presente está el prototipo del sencillo y humilde cristiano (más cristiano inclusive que el mismo DC), el cual tratará de torcerle la mano al destino, erigiéndose contra intelectuales díscolos y los cínicos interesados con experiencia. Una trama Dostoieskana pero de menor calidad.
Esta literariedad del ambiente político hoy por hoy es innegable; es más, esta potencial novela política chilena surge como una buena nueva para ciertas fracciones del burguesismo político. No hablo desde ninguna tribuna, no pertenezco a ninguna falange, partido o bloque político social del país… soy casi como un “Aliancista Bacheletista” o cualquier otra denominación imbécil que no venga al caso.
Pero sin duda y alejado del meollo politiquero -aunque no de forma neutral- es así… la gente ama lo chicloso, el circo barato y nada menos que eso es lo que se les está dando: una teleserie Pop, donde los papeles están bien definidos y la mayoría de los personajes están enteramente caracterizados. Donde un Vicente Sabatini o un Pablo Illanes es encarnado por los medios interesados, los partidos interesados, los asesores, tesoreros y familiares interesados, los cuales tejen una historia aparentemente verídica y la cual promete un final “Justo” con el recorrido de los personajes, algo así como: “Al poder los que se lo merecen y a las porquerizas los que no”, pero: ¿Quién moldea la verdadera historia?


En esta nov
ela, teleserie o pieza teatral -que perentoriamente podríamos denominar “Crónica de una (muerte) dictadura anunciada” en la versión de Piñera, “La vuelta al mundo en (ochenta) treinta días” en la versión de Frei o “El (principito) Principiante” en la versión de Enriquez-Ominami- es donde se diluyen nuestras opciones. En las mismas alternativas donde el resultado seguirá siendo el mismo: Cero. Cero cambio para la señora Juanita que en estos momentos está preparando el almuerzo en su casa, el mismo resultado para su hermano Manolo que en estos momentos trabaja cagao de calor en el campo. El mismo resultado para la tía rosa, la prima María y el tata Carlos que deben aguantar los malos tratos para no quedar sin trabajo… el mismo resultado para toda la gente común y corriente que sigue votando. Este sistema tiene olor a cadáver. La democracia representativa, el sistema económico, las reformas constitucionales y las legislaciones de emergencia tienen olor a cadáver pero a esos cadáveres odiosos… esos que se niegan a morir. Porque objetivamente es así, el sistema apolillado se pudre y ya no hay quién lo salve. Las nuevas generaciones críticas se sientan a esperar el final pues todo se hace sobre la misma base, en un camino perfectamente delineado, al estilo clásico, en esa clásica metáfora donde el camino es la constitución y el bus que lo recorre el estado, pero donde no se avizoran vías alternativas, caminos nuevos, nuevos medios de transporte o donde simplemente se ignora a quienes caminamos para llegar a nuestros destinos (siguiendo con la metáfora).

Es todo esto, hoy por hoy el gran Best Seller de nuestro chilito, con un Piñera protagonista, el millonario que se vuelve humilde por sus buenas intensiones para el país y donde los errores y juego sucio del gobierno de turno, sólo hacen revitalizar su imagen social. Sin olvidar además, esa imagen cercana de su oscuro hermano-hijo, la cual lo alza como un personaje mucho más íntegro, el papi buena onda de todo chile.
Con un Frei y su concepción casi Kafkiana: donde ha pasado desde una imagen parca y circunspecta a un jovial ex presidente, dicharachero, despeinado, muy a la pinta, que incluso a veces se da el lujo de sonreír; pero que en el fondo de su ser se siente desesperado, preso de sí mismo. Atormentado de no poder repuntar en las encuestas significativamente, abrumado por el aumento del virus Enriquez-Ominami e impotente al no poder cambiar el clima presente en la política criolla; razón por la cual muchas veces hace de antagonista, aún escalando míseramente en las encuestas.
Cuento aparte es este “gran director de cine”, Marco Enriquez-Ominami que aparece desde las ruinas para tratar de modificar el sistema. El Superman de las generaciones “Progresistas de izquierda” el cual encuentra su “Kriptonita” en su tradicional -y poco díscola- manera de ver el Neoliberalismo, pisándose la cola política y magistralmente. Es este personaje casi mesiánico, obviando MUUUCHOS detalles, uno de los más interesantes aparecidos en las presidenciales chilenas. Como olvidar a Alwyn y “el regreso de la democracia”, a la tía Gladys Marín en el 2000 y su libro de poemas para financiar su campaña presidencial o el casi primer presidente Opus Dei del mundo que pudo haber asumido en chile bajo el alero de la UDI. Hoy es Enriquez-Ominami, una copia pobre de su padre. Una especie de metralleta con hipo, que sin duda disparaba acertadamente, pero en la cual su tartamudez puede muchas veces más que su elocuencia.


Finalmente y fuera de cualquier embrollo permanece la política, escondida en un rincón, huyendo de los interesados, de las controversias, de los políticos, de las leyes, huyendo del mundo que la apunta con el dedo y la hacen sentir inmensamente culpable. Tratando de encontrar la categoría y verdadera esencia que alguna vez tuvo y que en alguna parte de la historia perdió. La llamaban “el arte de conciliar”, hoy sólo es un instrumento que sirve a los intereses de unos pocos… paradoja inmediata la cual se desprende de esta idea de “estudiar para ser político”, pero:

¿Se estudia para hacer política o para aprender a desenvolverse y a ocupar el sistema político, como quien lee un manual de instrucciones de un juguete?

No responda en voz alta, lo pueden tildar de revolucionario.
Yo no abogo por denominaciones ni reivindicaciones morales, ni siquiera por lo que etimológicamente significa la palabra. Yo hablo de un sentido empírico, del clásico, de ese que no se encuentra en los libros, ese de política de polis; donde salir a la plaza, conversar en una esquina y reunirse al aire libre era hacer política. Nada más alejado de esas discusiones academicistas y catedráticas, de toda esa “chachara de altura” en cuatro paredes.

Por lo pronto, Ud. intente continuar al tanto de esta teleserie chilena, el final podría sorprendernos a todos. Vote por lo que vea, por lo que sienta, por el mal peor, por lo más familiar o por lo que más le convenga. El voto es suyo, aprovéchelo. Vote sí, vote no, vote al estilo ancestral de “Anula con la tula”[3] o bien, entregue su cheque voto en blanco a las mayorías.

Yo me preocuparé de mis asuntos, porque es un verdadero problema no estar inscrito. No aguanto la culpabilidad de excluirme de este PROCESO HISTÓRICO y de otros procesos sociales importantes (por lo que tampoco estaré haciendo la revolución en la calle con una molotov en la mano y una COCA-COLA en la otra, rayando consignas antirracistas en el Roma para luego tratar de “cerdo negro” a algún dirigente estudiantil ni menos robando notebook en nombre del pueblo). Más bien mirando la historia pasar cabizbaja frente a mi ventana, transformando “la verdad en autoridad y no la autoridad en una verdad”.

Observando y refunfuñando en los márgenes. Silente y ligado a eso que los entendidos llaman “Solipsismo”, recluido en mis cuatro paredes rodeado de suciedad y restos de comida por el suelo, no como la bestia, sino como las nuevas generaciones: rodeado de libros nuevos y periódicos recortados, escuchando música hasta quedar sordo, pensando en si vale la pena salvar al mundo y usando la política como material de masturbación. Preguntándome cual es la filosofía del suicidio o quién habrá dicho esto antes que mí, comiendo grasa a destajo desnudo y honesto sobre la cama deshecha, mirando por TV esta simpática telenovela y decepcionándome de como siempre escriben la historia solamente los vencedores, como números enteros desechándonos como a putos y molestos decimales.



[1] Fundador y dueño de la Mansión Play Boy
[2] Dama de “harta” costura de nuestro Jet Set criollo.
[3] Recuerde que para anular el voto debe marcar más de una opción o rayarlo a su modo.

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