domingo, 25 de noviembre de 2012

Juan Emar o el arte de la probabilidad


“Hay que partir de él ahora, aunque nadie lo haya leído".
Alejandro Jodorowsky

“…tampoco se daban cuenta de la importancia que hubiera tenido
el hipotético encuentro entre Darío y Huidobro, la posible amistad,
el abanico de posibilidades perdidas para la poesía de nuestra lengua.”
Amuleto, Roberto Bolaño

           
              Que esto contribuya a la expropiación de lo simbólico y lo imaginario.
          Que no sea otro bullado rescate literario sino un sentido consejo de lector a lector. Una serie de indicaciones sobre cómo desechar lo estancado, la “cháchara de altura” y ese realismo latente (a veces sesgado, a veces innecesario).

            “Mucho tiempo he estado acostándome temprano” nos dice Marcel Proust al principio de En busca del tiempo perdido. Cansado de acostarse temprano considerando que los buenos no duermen. Cansado al igual que Huidobro del arte reproductivo. Cansado como los pies de Ulises por Dublin, como Arturito Belano de la oficialidad, como Raskolnikof de la usurera Ivanovna. Cansado, como el sentido común de Gregorio Samsa, como la mente minuciosa de Auguste Dupin, como el órgano reproductivo del Marqués de Sade. Cansado, enajenado, absorto. Harto del mundo como Juan Emar, Álvaro Yánez o simplemente Pilo, para nosotros sus lectores (sus mejores amigos).
            Hijo de Eliodoro Yánez, pasó gran parte de su vida viajando por Europa relacionándose de manera directa con el nacimiento de las vanguardias. A su llegada a Chile, trabajó en la nación dando origen a sus ya míticos comentarios de arte donde comienza a firmar como Juan Emar (deformación del francés J’en ai marre: “estoy harto”). Es en esta columna, cuando intenta dar luz verde a las nuevas tendencias que ya inundaban el planeta-arte y donde cosecha sus primeras polémicas.

           En 1925 publica un anticipo de Altazor  y posteriormente, luego de intentos fallidos de renovación y hermetismo de la crítica ante sus obras, se aísla en una localidad de la IX región para redactar el inclasificable Umbral, hasta el día de su muerte    

        “Ese escritor chileno similar al monumento al soldado desconocido”, decía Bolaño refiriéndose al hecho de que las peleas no las ganan los O´Higgins, ni los Carreras sino los humildes soldados sin nombre, la carne de cañón del pelotón. Ese es Juan Emar, el sujeto cabizbajo que en silencio y pese a la dureza de la crítica literaria escribió uno de los libros más experimentales de la literatura universal: “Umbral”, una mutación literaria de más de 5.000 páginas, donde una extensa narración ramificada se ve interrumpida por otros relatos incidentales y reflexiones irreproducibles que violentan su unidad. No es difícil proyectar el patrimonio Emariano hacia el infinito y afirmar (como lo insinuara Jorge Tellier en su momento) que la obra de Juan Emar se trasformó en un simulacro y precedente claro de lo “Real-maravilloso” Americano. Sin duda se adelantó a García Márquez, aunque no se lo dijo a nadie.

            Es por esta y muchas otras razones, que parece absurda esa actitud dogmático-patológica de la academia al postular a nuestro autor como una adaptación local de Kafka,  Proust, o Michaux, teniendo características tan únicas que solo lo hacen guardar fidelidad consigo mismo. Su valentía escritural y valor latinoamericano –que yo denominaría provincial-americano (similar al surrealismo cotidiano de Residencia en la Tierra)- guardan ese sentido de la inocencia del mundo, de la mirada incierta del niño (en la noción Nietzschereana del sustantivo) donde todas las combinaciones son posibles en un mundo inexplicable, incrementando las probabilidades de creación en un imaginario en constante cambio, de experimentación obstinada.
            Cuando Rudencindo Malleco junto a su esposa -en esa escena inmortal de la excursión al zoológico de Ayer- comentan el salto del león sobre un avestruz y las distintas posibilidades que esta postal trae a escena; desde lo cabalístico pasando por lo científico y llegando a lo geométrico, resulta impensado que la situación descrita concluya con el León dentro del buche del avestruz debido a una apertura inusitada del pico. Sorpresivo por decirlo menos
           
            Leo o se podría leer a Juan Emar (porque la falta de título profesional exige el impersonal, según algunos académicos) como una figura central en la narrativa chilena de nuestra época, toda vez que desbarata nuestra noción de la “normalidad”, del realismo mecánico, la aristotelización de lo narrado y elementos literaturosos que van desde la repetición vacua de conceptos con respeto académico, comparaciones estúpidas, hasta plantear verdaderos guirigays (como decía Proudhon) que sólo dificultan la obtención del significado del libro, con un estudio del objeto más inaccesible que el mismo objeto.
            Emar nos exige (y alienta) una interpretación basada en la experiencia. Quizás si Alone hubiese adquirido menos lecturas y más experiencia campestre, interpretando El pájaro verde desde la perspectiva supersticiosa –casi metafísica- de la ruralidad mitificadora, habría financiado Diez en vez de los 20 poemas de amor de Neruda.




            Es en este punto, donde no interesa cuantas veces fue ridiculizado por Silva Henríquez, lo poco visionario que fue Díaz Arrieta o cuantas veces ha sido reivindicado por Camilo Marks o Ignacio Valente. Los acercamientos teóricos no interesan en la práctica. “La labor primordial del arte, es escapar de la definición”, decía Wittgenstein.
            Desde esta perspectiva, donde la literatura es un lugar y no una abstracción ininteligible, es que Emar nos invita a desloganizarnos. Si la crítica literaria ha dicho que no existe parodia en la literatura chilena es que han pasado por alto Ayer y su sátira transversal o la reconstitución de escena de Miltín. Echando mano a una máxima del trasandino Germán García, el parodiar es (también) un para-odiar.

            ¿Qué habría sucedido si Emar hubiese sido considerado en su época?
        Algo similar al encuentro virtual entre Darío y Huidobro: “… Darío hubiera aprendido más, y hubiera sido capaz de poner fin al modernismo e iniciar algo nuevo que no hubiera sido la vanguardia pero sí una cosa cercana a la vanguardia, digamos una isla entre el modernismo y la vanguardia, una isla que ahora llamamos la isla inexistente, palabras que jamás fueron, y que sólo pudieron ser…”

            ¿Cómo hubiese sido esa isla inexistente de Juan Emar?
            Otra tarea para la casa






Bibliografía del Autor:

            Emar, Juan. Ayer. (Santiago: Lom, 1997)
            Emar, Juan. Diez. (Santiago: Universitaria, 1997)
            Emar, Juan. Cartas a Carmen. Correspondencia entre Juan Emar y Carmen Yañez (1957-1963). (Santiago: Cuarto Propio, 1998)
            Emar, Juan. Notas de Arte (Jean Emar en La Nación: 1923-1927). (Santiago: Ril editores; Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, 2003)
            Emar, Juan. Un año. (Santiago: Editorial Sudamericana, 1996)
            Emar, Juan. Umbral. (Santiago: Ediciones de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, 1996)




Artículos Recomendados.

            Braulio Arenas: "Juan Emar: Un precursor chileno de la nueva novela francesa". La Nación, 14 de marzo de 1965.
            Jorge Teillier: "Juan Emar, ese desconocido". La Nación, 8 de octubre de 1967.
            Eduardo Anguita: "Juan Emar fuera del mundo". El Mercurio, 10 de junio de 1964.

1 comentario:

Self dijo...

Aunque sé que esto es una piedra al espacio. Gracias, buenísmo!

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