domingo, 8 de julio de 2018

Derridadá

Ahora que la deconstrucción se puso de moda es necesario ponerse en sintonía. La deconstrucción basa su proyecto filosófico en el cuestionamiento de la epistemología clásica. Eso significa que la gran mayoría de las ideas y discursos en que se ha basado nuestra civilización y avance del hombre son acusados de metafísicos. No es de extrañar entonces que la crítica de Jacques Derrida comience por cuestionar la Geometría. Esta disciplina resulta modélica para entender el objetivo la deconstrucción ¿Es de fiar el conocimiento que existe más allá de lo físico y no puede ser instuído concientemente? ¿Existe un reino de verdades absolutas? Para la filosofía occidental la respuesta es clara y Dios aparece como el principal personaje de nuestras ficciones absolutas. La productividad y la certeza permiten que siga girando la rueda de la fortuna. Quien en su sano juicio podria negarse a la economía y al desarrollo científico. Sin embargo, ambas disciplinas guían nuestra vida con el constante peligro de ser refutadas por otras certezas más funcionales en el futuro. El giro copernicano siempre nos sorprende en esta rueda de la fortuna.
No es de extrañar, entonces, la caricatura a la que ha sido sometida la decontrucción. Mucho más si se asocia a la lucha de reivindicación histórica de la mujer. El que ignora las relaciones de poder que dependen de tu sexo es porque no ha salido a la calle. Mucho más si tu identidad no coincide con tu sexo. Mucho más cuando la reflexión filosófica en sí no ocupa nuestro tiempo. Parece absurdo, finalmente, cuestionar lo que asumimos como cierto y que las conclusiones que se arrojan, en esta reducción bastante efectista que acabo de realizar, son en su mayoría incómodas y poco operativas para la vida cotidiana. El punto de inflexión, me parece, es salir de la cárcel del discurso para "volver a las cosas mismas", escapar un momento del registro simbólico y centrarnos en el registro real el mayor tiempo posible. 
Creo que el hombre deconstruído, esa especie de reiterpretación de "El hombre nuevo", es aquel que logra estar a la altura de los tiempos que corren. No hablo del progresismo y su intención mercantilizadora de la ignorancia, no hablo de feministos culpógenos obnubilados frente a la moda hembrista. Hablo de escapar a los puritanismos y esencialismos. Si tuviese que buscar algún culpable para este estado de atontamiento sería la Iglesia y el miedo del hombre para asumir su condición de indigencia ante el mundo, inventado amigos imaginarios y reglas arbitrarias para poder pisar firme.
Aquellos que nacimos en las huestes de la izquierda y logramos pasar de un pensamiento de reacción a uno de acción, nos pasa lo mismo con nuestra cualidad de "hombres". El hombre y la mujer se hacen y no nacen. El pene y la vagina no justifican nada y si no somos capaces de hacer la crítica a los conceptos fundadores de nuestra identidad, no hay deconstrucción posible. Es la hora de dar el paso más allá de una guerra de sexos discotequera, donde lo importante es superar al otro bando y hacer justicia simbólica. Hay que poner en evidencia conductas, ideas y prejuicios naturalizados por todos, todas, todes o como haya que incluir a quienes quieran cambiar el estado de las cosas. 

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