lunes, 23 de junio de 2014

Sobre la mano de Dios, la mano de hierro y la manufactura


“El éxito es deformante, relaja, engaña, nos vuelve peores, nos ayuda a enamorarnos excesivamente de nosotros mismos. El fracaso es todo lo contrario, es formativo, nos vuelve sólidos, nos acerca a las convicciones, nos vuelve coherentes. Si bien competimos para ganar, y trabajo de lo que trabajo porque quiero ganar cuando compito,
si no distinguiera qué es lo realmente formativo y qué es secundario, me estaría equivocando.”

Marcelo Bielsa en “Las razones del Loco: claves
para entender a Marcelo Bielsa” (2009) de Federico Lareo.

“Hay autores que trasladan su experiencia futbolística a otros asuntos; no es de extrañar que uno de los más convincentes alegatos contra la pena de muerte  sea obra de un ex portero, Albert Camus,
quien seguramente recordó el rigor de ser acribillado a once metros de distancia.”

Juan Villoro – Los once de la tribu

“-Yo, señor presidente, quiero honrar el baldón que me han confiado.
     Él quería decir blasón, pero lo mismo daba, dado que el muchacho valía en la cancha
lo que una o dos docenas de profesores en sus respectivas cátedras.”

Horacio Quiroga -  Juan Polti, Half-back



Es realmente odioso, errado y reaccionario. Es ahueonado, efectista y poco riguroso. En fin, siento vergüenza ajena cuando presencio aquel gesto irresponsable de sentenciar a muerte al fútbol, como si la pelota tuviese la culpa. Es echarle la culpa al empedrado, es permitir que nos gobierne el sinsentido, la calentura de querer ganar el partido. Podemos tener entuertos políticos con el Mundial, por justas razones. De hecho, los tenemos. Podemos tener problemas con la representatividad de los dirigentes –discusión de fondo y no de forma-,  inconvenientes con los deportistas-empresarios, con la enajenación social, con la delincuencia hincha-weas, con su espectacularidad rentable pero les juro por Diosito que el fútbol no tiene la culpa.
Políticamente hablando, el entorno futbolístico está plagado de líderes despóticos que robustecen sus vientres y engordan sus arcas inubicables en el extranjero a costa de la comodidad del hincha televisivo y su ignorancia. Rancia manera de ganarse el pan la de estos pseudotecnócratas, que justifican su existencia en el medio deportivo solo en el tejemaneje del rubro. ¿Justificación? Yo diría un contraargumento: Joseph Blatter, el  propietario de las decisiones FIFA, el mismo que asumió haber pagado dinero al mal parido de Lucien Bouchardeau por la mano de Ronald Fuentes, el mismo ridículo que vetó a las ciudades de más de 2.500 metros sobre el mar para realizar partidos de fútbol, sigue gobernando el imperio FIFA desde 1998. João Havelange, el mayor oligarca del fútbol mundial, que antecedió a Blatter pero que al igual que él fue acusado de sobornos, de colaborar con las dictaduras militares, de tráfico de armas y drogas, reinó en la FIFA por más de 20 años y fue el principal impulsor del fútbol-espectáculo, tal y como lo conocemos hoy en día.




Pero vamos más allá. El fútbol pareciera tener una relación implícita con gran parte de los temas que nos importan como sociedad. Su carácter es altamente contagioso y sus plataformas suelen ser muy llamativas por lo que nadie, aunque lo quisiera, debería permanecer impávido ante su existencia. Sería como mantenerse al margen de la ciencia ficción, la televisión basura o las patológicas redes sociales solo porque no son un reflejo fiel de la realidad. Y no hay ninguna duda, no existe correspondencia pero su injerencia en ella, en esta realidad cruda, numérica, resultadista se da exactamente por la suspensión que produce, ese vórtex temporal que da pie a disturbios luego de los 90 minutos, a encuentros sin pudor luego de un par de likes o a la reivindicación de la provincia, de lo obsoleto a través del Steampunk. De las buenas cosas que nos ha traído la época contemporánea, y en específico la POSMODERNIDAD (palabra que resuena por los pasillos como el ruido de una motosierra) es la sociedad de la información, ese “absceso del dato” que promulga Álvaro Bisama y que, creo, hay que domar, moralizar e internalizar para vadear a buen puerto con este barco a la deriva. Simplemente no te puede dar lo mismo.
La ofensiva publicitaria de los medios debe ser enfrentada con una mirada crítica, el escapar no sirve para nada. No debemos matar al mensajero para evitar una mala noticia. Se debe indefectiblemente, por el imperativo y necesidad de una ética posmo, leer la sociedad con lupa, sumergirnos en lo que un gringo por youtube denominó “el principio de la salchicha”: ¿De qué está hecho el fútbol? De ahí que establecer diferencias sustanciales entre futboleros e hinchas, entre fútbol social y fútbol espectáculo es necesario, no solo para aclarar sofismas asumidos con naturalidad, sino que por el bien de este sistema de signos llamado Jurgol. Basta con recoger las precisiones de Johan Huizinga hacia 1938 en su “Homo ludens”, donde propone al juego –ya no solo futbolístico, sino que a toda representación lúdica de la vida- como responsable de la formación de la cultura. En ese sentido, alejándose del homo sapiens de Carlos Linneo y sentado un precedente claro del homo videns de Sartori, afirma que el carácter lúdico de la cultura proviene de la voluntad de juego, esa necesidad humana de abstraerse de lo real para suponer un espacio al otro lado del espejo, asumiendo roles en un campo y tiempo delimitado. Sabiendo que la competencia limpia es necesaria en el juego, pues ganar, a diferencia de la vida real, no implica necesariamente una ganancia. Bajo este prisma, lo que nos interesa a los futboleros es devolverle ese sentido de culto al fútbol, alejarlo del espectáculo y volver a significarlo como ritual de grupo, donde su carácter lúdico es inherente pues favorece su proyección social. Ya no más portadas, ni autos, ni modelos, ni lujos, ni obras de caridad. Solo honor, esfuerzo, espontaneidad, solidaridad, creatividad y por sobre todo agitación deportiva.

Recuerdo una reflexión esbozada al final del documental Ojos Rojos (2010), donde un ecuatoriano, quizás colombiano o brasileño afirma la cualidad democrática del fútbol. Claro, es el único deporte donde los objetos no importan por su calidad y sólo dependen de su cantidad. Con 5 piedras tenemos dos arcos y una pelota; con cuatro mochilas y una botella un partido que cualquiera podría envidiar. Con dos postes de calle un movedizo 25. En un pasaje angosto, de población pequeña, con una pelota de calcetín y los asistentes tradicionales a una noche de esquina un “machita patá”, el royal rumble del deporte rey. En cambio, en el tenis necesitamos raquetas que logren sostener una pelota en el aire. En el basquetbol, una pelota que rebote, en el golf implementos variados, al igual que en el beisbol y toda la cantidad de deportes olímpicos. Otro tema es la profesionalización, lo que me interesa aquí es poner sobre el tapete el acceso y la inclusión.



Así, no debería sorprendernos la aversión de sujetos como Borges con el fútbol. Si bien el aspecto físico muchas veces prevalece, lo que sostiene realmente, o sostuvo al fútbol precapitalista, fue la emoción. La emoción de que todo cambie de un minuto a otro,  de que por alguna genialidad insurrecta de un Garrincha los oponentes queden calientes, de que un grupo organizado sobre la solidaridad y la multifunción quede en la historia bajo denominaciones realmente literarias como “La naranja mecánica”. Esa misma emoción irreductible, que hizo meter al Diego la mano y la nariz donde no debía, que nos hizo crucificar a Candelo por patear penales displicentes, que nos hace respetar a Caszely por querer llegar hasta las últimas consecuencias de la red, junto al balón. Por eso Borges y tantos otros intelectuales conservadores que deploran el fútbol, no entienden que jugar con los pies, no es lo mismo que pensar con ellos. Que cuando el fútbol fue expropiado a los ingleses, Argentinos Juniors nació como Club deportivo “Los mártires de Chicago” y que Chacaritas fue fundado un primero de mayo en una biblioteca anarquista, tal como lo señala Galeano en “Fútbol a sol y a sombra y otros escritos” (Siglo XXI, editores: 1995).
Si hoy en día es un imperativo humano pintarle la cara al poder, debemos aprender de tácticas y estrategias. A pegarle fuera del área para abrir las defensas del estado, a reclamar y superar los penales mal cobrados, a practicar jugadas de pizarrón antes del partido final. Que siempre jugaremos de visita, que el árbitro también juega, que un buen equipo no garantiza un triunfo y que todos, sin excepción, pueden participar según sus capacidades: el enano de Maradona, el espigado Elías Figueroa, el lento de Beckenbauer y el desprolijo de Martin Palermo.

No tendremos estadio propio pero hay que procurar estar siempre de locales. 

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