miércoles, 6 de noviembre de 2013

= Q 100pre

Lo mismo de siempre. La realidad que se traduce en signos, que se novela, que se modela en renglones perfectamente constatables. Deletrea frases novedosas en sitios eriazos. Restos de la marea alta de mi ciudad de origen, réplica burlesca de fiestas patrias (un bigoteado amparado en la efectividad de la crónica roja); una mujer muere, la suicidan esa noche en la que yo, mi Yo Lírico, Lárico, Lúdico… mi Yo Robot, sale con menores de edad: rosaditos, culiblancos y lechosos. El lobo mostrando a sus primos de vino, el color de la sangre.
Y sin embargo, lo mismo de siempre. Otra publicación perdida en el tiempo, entre las calles plastificadas, entre el papeleo de la memoria, multiplicada por las posibilidades del formato pero dividida por la cantidad de televidentes, de votantes ciegos para las próximas elecciones. Lo mismo, si consideramos que el ejercicio de la publicación, esa supuesta emergencia de la publicitaria publicación está dejando muertos por el camino, ciegos por exceso de luz, discapacitados por falta de sexo. Pastores de la escritura autómata, masturbatoria, de arenas blandas. Editores emponzoñados con el síndrome filial de Bolaño, escritores de una tradición maniaco-compulsiva de la que César Aira podría ser inspector de aduana. En fin, contaminados con esas ganas irremediables de avanzar su carro de llantos y entrar en la historia, entrechocándose.
 Así, si un joven poeta, o dicho de otro modo, un poeta joven se encuentra con el asesino de la mujer muerta más arriba, en la vereda del primer párrafo, y lo alerta  sobre una futura mala conducta, como quien trata de predecir el clima, ya no es una revelación poética o el lenguaje de los Dioses sino una simple coincidencia, pues la cantidad termina borrando las marcas de la calidad. Ahí es cuando salta la liebre y las discusiones sobre las drogas, la ficción, las relaciones humanas e incluso sobre la buena muerte. El derecho a una muerte digna, no insidiosa, no farandulizada, sin rostros desfigurados, sin marcas de manos de obrero, sin sepulcros a tajo abierto. Lo mismo de siempre a este lado del discurso.
Y en medio del caos, una mujer, una mujer que canta contra Odiseo, sirena-serena-sureña, que liga con recuerdos, por mensajes de perros callejeros, a través de lugares ocultos. Esa necesidad que caga, que atormenta, que corona los miedos, que alimenta las posibilidades de tropezar con una piedra similar, de volver a caer al mismo hoyo psicológico: una cuenca que demuestra que la inspiración siempre entra por la nariz.

 Como siempre pero no para siempre. Es en serio, es en Siria, es en serie.

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